miércoles, 6 de enero de 2010

Un suceso...


El viento anuncia tu llegada... los árboles lloran y eso eriza mi piel... Miro el piso y veo cielo, miro el cielo y veo piso...
El tiempo, si es que semejante fenómeno existiese, lleva mis partículas de piel muerta... se hacen nube y llueven en París hoy... mañana en Perú...
el humo se fue triste dejando la ceniza que me hizo toser; lloré y la brisa esparció la ceniza en mi cara... renegué un rato, me reí y entré por un mate sanador... volví a reír pero sólo de masoquista que a veces me gusta ser...sabía que no existe nada que me haga olvidarte...

lunes, 28 de septiembre de 2009

Un incendio


El olor a cable quemado era insoportable. Ya no sabía dónde buscar, tanto era el susto que nunca se me ocurrió apagar la térmica.
Afuera el mundo seguía con su tiempo, pero más acelerado que de costumbre. La gorda ladraba a más no poder y mi cabeza estaba en su cuenta regresiva, de un momento a otro iba a explotar como nunca lo había hecho.
En un intento por tranquilizar el sonido chillón que producían los ladridos de la gorda, escuché el golpe del llamado a una puerta, la de casa no era. El olor era cada vez más penetrante y vivo. Vuelven a golpear la puerta pero ahora mucho más fuerte, en realidad no llamaban sino que querían entrar en el departamento enfrente de casa.
Ese día no me peine, ni tampoco tenía puesta ropa adecuada como para salir a chusmear un poco. Asustada como estaba y con mi cerebro suplicando silencio, abrí la puerta para ver que era todo ese escándalo… uno de mis vecinos hacía palanca con un fierro oxidado como la chatarra de años e inmenso como un brazo humano. La fuerza que aplicaba sobre el fierro era increíble… es inquietante ver a un hombre trabajar de verdad. Cuando nota mi presencia a pocos pasos de él, se anima a decirme:
-se le quema la casa al Fortunato…- palabras liberadas de la manera más tranquila que puede existir.
Mi mente, alma, cuerpo, cerebro, nervios, sangre, piel, pelos erizados… todo vuelve a la normalidad, a lo tranquilo. Pero la gorda aún gritaba como loca en el balcón de casa. Sabía que lo que estaba sintiendo no era de mucho agrado para el resto… decidí callar. Sólo las típicas palabras que suenan en esas ocasiones me atreví a formular y dialogar con la manada de vecinos que corrían desesperados y miraban perdidos entre tanto escándalo. Irónico que sólo suceda con sucesos comunes y cuando se roban hasta la pintura de las paredes nadie tiene ojos, ni boca, ni oídos, y todo es “normal”. Les presento el barrio.
Nunca me separé de la madera muerta de la puerta, estaba como espectador en la primera fila de honor al show del año, no pensaba moverme de ahí.
Entre la manada de animales o gente o vaya a saber qué eran en ese lapso de tiempo, se acerca a la puerta que nunca abre la monstruosa inmensidad de todos los vecinos con su pierna de titanio tirando la puerta abajo con tan sólo cuatro patadas.
Una nube negra de humo y hollín nos ataca dejándonos sin respiro por unos segundos. Entran y salen sin parar tres o cuatro vecinos a la casa del Fortunato, buscando… buscando… ¿qué? Al mismísimo Fortunato. Un lobo estepario harto de su familia al que le gusta dormir encerrado bajo treinta mil candados. Todos pensamos y sentimos que esa misma nube que nos atacó había accionado sobre el viejo primero, al tiempo en que mi nariz percibía el aroma a cables quemados.
Según el relato del vecino que tira las puertas al suelo…
-no veía nada, así que decidí lanzarme a la cama e inspeccionar con mis manos y cuerpo para ver si él estaba ahí. Pero no… no… no hay nadie- y lloró como un niño al que le quitaron sus deseos.
El humo aún amenazaba nuestras cabezas. El hombre mata fuegos efectivamente mató al fuego. Y ahí, el departamento del Fortunato, parió un ventilador viejísimo, derretido, negro, con cables que parecían brazos… un horrible monstruo, sólo le faltaba hablar como tal.
Las miradas parecían no entender, como si fuese la primera vez que pasaba en el barrio, en la ciudad, en el país, en el mundo… pero como todos sabemos, siempre existirán esas caras y expresiones, algunas con verdad otras actuadas… pero todos iguales: brazos cruzados, apoyados en un pié tratando de ver algo que no ven, balanceándose de un lado a otro, preocupados y en grupos de tres o dos separados entre sí por unos pocos centímetros. Y yo… en primera fila, obviamente demostrando preocupación, al fin y al cabo… pobre hombre ¡se le estaba quemando la casa!
Y si… los bomberos, policías y todo lo que conlleva llegaron diez minutos tarde… una eternidad. El fuego no estaba, decidió escapar de la muerte y voló a otro lado.
Entran y salen una ensalada rusa que tenía bomberos rojos, policías azules y vecinos que se creían bomberos y policías.
Entre miles de palabras que ya estaban calentando mi cabeza de nuevo oí decir claramente_
-Acá no pasó nada… sólo fue un ventilador mal enchufado-

Nostalgia



Sentada tranquilamente en aquellos escombros y dando secas largas y profundas a un cigarrillo que había encontrado en el fondo del ropero, pensaba en miles de momentos pasados pero más que nada pensaba en mi infancia. Pensaba, en realidad, lo que cavilaba en aquellos años de inocencia, era raro notar que aún pienso igual pero sólo se anexan problemas.
Profundos suspiros derramaban aire, nostalgias y humo que invadían mis ojos y mi corazón, me decía ¿cómo no volver a ser niña otra vez? ¿Por qué seguir creciendo? Y muchas preguntas más rondaban por mi cabeza…
Los escombros que en algún tiempo formaron un hermoso banco en el que solía jugar, tramaban la perdición de mi paciencia, estaban deseosos de ver la primera lágrima. Me maltrataban sin siquiera moverse de donde estaban.
Los arbustos se movieron llamando mi atención, el viento no quería verme llorar de nuevo, ni tampoco la noche. Todo lo que me rodeaba parecía estar de acuerdo, sólo el escombro empecinado seguía con su plan macabro. Esos arbustos me hipnotizaron, bailaban al ritmo de un tango de julio sosa que se oía distorsionado por culpa de unas cortinas rojas.
El cigarrillo parecía eterno, quemaba mis pulmones. Un perro flaco e indeciso buscaba comida en el contenedor. Yo meditaba ya sin pensar, la mente en blanco, la mirada perdida y sin brillo, la tristeza giraba a mí alrededor.
Tiro el cigarrillo espantando al perro, me levanto y emprendo la vuelta a casa. Sentí que todo sonreía y yo sonreí también, comprendí que la soledad no existe. Esa noche dormí como nunca y por primera vez en mucho tiempo no me atacó la enfermedad de los poetas.

¿Dónde estás?


Los días pasan y el tiempo no para.
El agua fluye, erosiona mis sensaciones.
Vomito palabras en vano, palabras sin sentido,
Palabras… sólo palabras.
Las miradas especulan un aire de somnolencia,
Pérdida de tiempo, distancia de poca duración.
¿Dónde estás?
Me da razones para llorar de sólo pensar…
Hijas de una puta palabra!!!
Palabra ausente, palabra sin sonido!
¿dónde mierda estás?

Ausencia y olvido


Dulces sueños alimentan mi mente,
Sueños de una sola noche.
Aquella brisa matutina ya no simpatiza con mi cara,
Ya ni los pájaros me miran.
Sola y triste paso los días y las noches,
Aturdida de tanto silencio busco y no encuentro
Tu tibio aliento sofocando mi pálida piel.
Noche nueva, nuevos ojos.
Triste lamento olvidado bajo la penumbra de un sonido ausente.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Locura...


Y tristemente abandoné la habitación, con el corazón roto me fui sin decir palabra… por primera vez me sentí observada.

No había nadie en el pasillo, sólo yo y una mesa contra la pared derecha. Llorando silenciosamente caminé el largo pasillo; me llamó la atención el decorado de las paredes… eran blancas, pero blancas mate, con una franja de papel tornasolada, demasiado rústico y triste… un pasillo triste… pasillo que antes me resultaba corto y breve.

Ahora camino, con la mesa a mi derecha que me sigue mientras voy llegando a la puerta, o tal vez trato de ir llegando, pero que lejos que está. No puedo mover mis manos, ni parpadear, sólo los pies se mueven, como si caminara, siento mi cara húmeda.

¿Por qué sigue estando húmeda si ya dejé de llorar?

¿Por qué la mesa me sigue y las paredes no están quietas?

¿Por qué carajo no llego a la puerta?

¿Por qué carajo estoy en una clínica?...

Brisa


Brisa ansiosa que recorre terribles caminos me llama para tomarte por tus cabellos, arrastrarte hasta el mirador del pueblo una noche de luna menguante y gritarte al oído todo lo que siento, gritarte todo lo que pienso, todos mis recuerdos.

Esa noche lograré despejar el camino tieso de giros incomprensibles y de curvas peligrosas que debo recorrer sin miedos.

Brisa incómoda que choca contra mi rostro sin piedad, brisa que me hace llorar, que me estremece. Ella me llama porque quiere que te tome una mano dulcemente para luego romperte los huesos con la fuerza de mi alma durante el crepúsculo de la levedad del ser.

Brisa cómplice de mis sentimientos, traidora porque me hace hacer cosas que nunca quise hacerte. Culpa, llanto y odio, es la sensación que me da esta brisa ingrata. Muchas veces me burla y ríe sin corazón, sin alma y mis lágrimas no le molestan, es más, ella trae tierra consigo para pegarme y ensuciarme.

¿Sientes la brisa que choca contra nuestro cuerpo? ¿Sientes cómo ríe de ti, de mi, de la luna y de las estrellas?

Esta brisa nos lleva al abismo sin fin que nos llevará al infierno azul, nos llevará a ese lugar al que nunca podremos llegar. Será una caída sin fin, estamos destinados a tomar una daga mágica juntos para clavarla en nuestros corazones tristes, y luego resucitar en un mundo ajeno, distante y sin lenguaje ni ideología a la que nos podamos aferrar.